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lunes, 14 de noviembre de 2016

Mi esposa me hizo cornudo con mi amigo

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Nunca habia pasado por mi mente que mi esposa Marcela me fuera infiel alguna vez, fui el primer hombre en su vida y despues de casi 15 años de casados, la idea de que me engañara era inexiste y aunque ella a sus 36 años es una mujer muy guapa y nunca a faltado el perro que se le acerca con las peores intenciones, ella nunca me habia dado un solo motivo para dudar de su fidelidad.
El dia que se realizo el festejo de navidad en la empresa donde yo trabajo, asistimos como lo hacemos cada año, tomamos unas copas y cuando salimos del salon donde se llevo a cabo, al rededor de las 2 am, uno de mis mejores amigos dentro de la empresa de nombre Alberto, estaba esperando un taxi, asi que nos ofrecimos a llevarlo y subio al asiento trasero, durante el camino de unos 30 minutos, platicamos sobre su reciente divorcio y otras tonterias, al llegar, nos dijo que tenia una botella de tequila y nos invito a pasar un rato y tomar unas ultimas copas y aunque Marcela no estuvo de acuerdo, yo mismo la convenci.
Despues de una hora mas o menos donde los tres casi nos terminamos la botella, yo me sentia muy mareado y me recoste en el sofa y aun recuerdo que Marcela me incistio en que ya nos fueramos, pero le dije que no podia manejar asi y Alberto tambien insistio en que nos quedaramos hasta la mañana para no arriesgarnos a un accidente o a un operativo y muy forzada Marcela acepto, pero yo ya no recuerdo nada mas, me dormi y creo que Marcela todavia se quedo platicando con Alberto.
No se exactamente la hora en la que abri los ojos, pero debio ser ya amaneciendo porque todo estaba mas claro que por la noche, me levante del sofa y no vi ni a Marcela ni a Alberto cerca de la sala y hasta ese instante no pense nada malo, pero camine despacio pensando que Alberto ya estaria dormido y segura mente le abria prestado a Marcela una recamara para dormir. Camine por un pasillo que lleva a las dos recamaras que tiene la casa de Alberto, la puerta mas cercana estaba entre abierta y me asome esperando ver a Marcela o a Alberto durmiendo, pero me sorprendi al ver la recamara vacia y fue cuando mi mente reacciono y algo muy caliente corrio por mi cuerpo al mismo tiempo que llegaron a mi cabeza malos pensamientos, pero aun queria creer que Marcela estaria en el baño, asi que fui hacia el, abri la puerta y estaba vacio.
Ya molesto y pensando miles de cosas me acerque a la ultima puerta que estaba cerrada, me acerque a ella y pegue la oreja para ver si escuchaba ruidos y fui impresionante reconocer la voz de Marcela diciendo “asi, asi, sigue asi” mientras se escuchaba el inconfundible sonido que hacen los cuerpos al coger.
Estuve a punto de abrir la puerta y desahogar mi coraje con los dos infieles, pero algo me hizo esperar afuera y cada segundo que escuchaba los gemidos y las palabras que decia mi mujer, me causaron una sensacion indescriptible que nunca habia sentido, cambio mi coraje a una excitacion casi insoportable y termine escuchando por unos 20 minutos mas, escuche como mi mujer le decia “hay, hay voy a acabar, voy a acabar, no pares, no pares, asi, asi…! y casi de inmediato, escuche sus clasicos suspiros cortados que anuncian su orgasmo, ella ya no volvio a hablar, pero Alberto seguia penetrandola en quien sabe cual posicion mientras Marcela hacia lo mismo que hace conmigo que es esperar a que termine y despues de escuchar a Alberto terminar, yo me quite rapidamente de la puerta y me volvi a acostar en el sofa.
Escuche que salieron al baño, primero salio Marcela y en cuanto ella salio del baño, Alberto la alcanzo en la puerta y la beso, Marcela le dijo “No ya no, no estuvo bien esto, por favor olvida que esto paso” y el le dijo “no pasa nada, eres una mujer increible y yo pienso decir nada a nadie” y aunque ya no escuche, me di cuenta que marcela se molesto y se metio a encerrarse en la recamara que yo habia visto vacia.
Yo no me pude dormir, pero tampoco me atrevi a ir a donde estaba Marcela, pero me masturbe recordando los ruidos eroticos que escuche tras la puerta, me imaginaba a mi mujer cogiendo con Alberto y yo mismo estaba sorprendido, pues siempre pense que mataria Marcela y a su amante si algun dia me engañaba, pero fue todo lo contrario.
Despues de esa experiencia me costo mas de dos meses convencer a Marcela de que me contara si alguna vez me habia engañado y unas semanas mas conseguir que aceptara que habia sido con Alberto, pero despues de que me platico, yo le confese que los habia escuchado, lo platicamos mucho y yo acepte que soy cornudo y ella acepto que le habia gustado, ahora hemos comenzado a realizar algunas fantasias y aunque aun no la he visto hacerlo con otro, disfruto saber que ha salido con tres pretendientes y ha sido directamente a coger con ellos, regresa a platicarme cada detalle mientras cogemos y hasta ahora es como revivir la llama de pasion que parecia haber bajo su intencidad con los años.
Est es mi humilde historia de cuando me hicieron cornudo y ahora estoy orgulloso de serlo

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Domino a una casada y la volví puta Relatos Corneadores



Domino a voluntad a una casada que me aloquece y la volví puta Relatos Corneadores

Hace prácticamente una década conocí a una mina casada, enseñante, que me impresionó por sus preciosas tetas, sus labios muy sensuales y sus ojos grandes, entre cariñosos y zorrillos. Siempre y en todo momento ocupé cargos esenciales en el Ministerio, y eso me facilitó aproximarme a mujeres, por norma general jóvenes, desde el ventajoso sitial del poder: el poder abre sábanas, afirman.. El primero de los días la felicité por su importane trabajo reemplazando a la directiva de su escuela; se intió muy alhagada, me lo agradeció mucho. A mi se me despertó el indio…”a esta me la clavo” pensé. Llevó un tiempo, era casada, con 2 hijos. Con disculpas visité un par de veces la escuela y le planteé que concursase como inspectora, la apoyarìa . Naturalmente ganó, y de esta manera pude tenerla más cerca (cuidándome, pues mi mujer es bastante desconfiada, me conoce)… le planteé venir a la Plata, con un cargo singular, mas el marido no la dejó. De paso me contó que las cosas no andaban bien con él, semeja que no la atendía como corresponde.

Al final la invité a un acontecimiento artístico y me la apreté en el coche, poco depués cojimos, y me fascinó: precisaba sexo duro, estaba mal con el marido, y a pesar de tener múltiples novios en su historial, muchas cosas las hacía más por compromiso que por gusto. Es una mujer muy caliente, y poco a poco comenzó a solicitarme cosas muy jugadas, y si bien parecza increíble, le estrené el trasero. Le dolió, se quejó, gimió, mas al final me afirmó que le encantó. Siempre y en toda circunstancia me la cojí sin forro, asimismo se habituó a tragarse mi leche, cosa que no dejaba al marido. Yo en esa temporada me movía asimismo a una asesora, mas Adela (de esta manera tiene por nombre la morocha) me absorbía, la llamaba al despacho y la hacía mamarme allá, si bien frecuentemente nos hallábamos en un departamento que tenía cerca para empleo profesional. Me maravilla que esté siempre y en toda circunstancia presta a lo que le solicite, en una temporada estuvo medio separada del marido y como estaba en crisis con mi mujer, se ilusionó con ser mi pareja, y le debí decir que no éramos nada, alén de la cama. Eso la distanció unas semanas, mas volvió más caliente que ya antes.

Cuando los cotilleos llegaron a mi mujer, la dejé de ver un tiempo, me enteré que anduvo acostándose con otros tipos (un inspector y un jefe de rama, cuando menos); el ministerio es una pequeñña aldesa y todo acaba sabiéndose. Como es lógico volvió, y nos veíamos algunas veces ( le había logrado un cargo esencial), los encuentros eran tremendos, una vez debí llamar a la urgencia pues me enviagré de más y prácticamente me marcho al demonio). Me chifla que sea una mina rebelde, activa, mas al final siempre y en toda circunstancia se someta a mi voluntad. Dejó que la grabase haciéndome de todo, después lo proyecté con unos amigos delante de ella y la hice hacer un strip completo delante de ellos: estaba fallecida de vergüenza, mas lo hizo igual.

Siempre y en toda circunstancia me repite “vos me hiciste puta, era una chavala casada y enamorada de su marido”. Después, mi trabajo me hizo dejar de verla un tiempo, y resurgió a fin de que le firmase un pedido de beca (había perdido el cargo que tení, un tiempo ya antes)… mirada va,mirada viene, volvió a edntregarme todo, el juego del amo y la sirvientita nos prosigue calentando, le di por las 3 entradas y no la dejé limpiarse, a fin de que el marido la recibiese de esta forma, como una puta que es, o bien mejor dicho como, la volví. Le doy cuando donde y como deseo a esta puta.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cogiendo con la esposa de mi jefe en su oficina Relatos Corneadores



Cogiendo con la esposa de mi jefe en su oficina Relatos Corneadores

Hola, deseo compartir una experiencia que para fue muy excitante con una mujer exageradamente caliente y guapa, es la esposa de mi Jefe Lalo y si bien la conocia de vista por las asambleas que hacen en la compañía dos ocasiones por año, jamás había cruzado palabra con ella, mas resulta que el día que mandaron a Lalo a una reunion de directivos en la urbe de Puebla, me quede al cargo de la oficina y cerca de las 8:30 de la noche prácticamente para cerrar, llego Blanca su guapa y sensual Esposa, saludo a una de las secretarias y toco a la puerta a fin de que le abriese, la hice pasar y se sento en frente de mi en el escritorio.

La primera cosa que me afirmó es que queria saber si de verdad Lalo se había ido a una reunion de trabajo o bien si solo fue un pretexto para no llegar a su casa, la tranquilice diciendo que si queria lo podia llamar a fin de que escuchase lo que me decia y me afirmó que no era preciso, mas eso abrio la puerta a fin de que se desahogase conmigo, me platico que sabia que Lalo andaba con otra mujer ( cosa que sabia que si era verdad) mas le afirmé que no, que confiase en el, trate de hacerla sentir bien y le hice el comentario de que era una mujer muy bella y que no creia que Lalo fuera a arriesgar su matrimonio engañandola y en esos instantes nos interrumpio Lupita la secretaria de Lalo quien se despidio y salio de la oficina, pocos minutos después se despieron los otros tres empleados que están por lo regular ahí y me quede solo con la esposa de Lalo.

Nos dieron las 9:30pm y Blanca y proseguimos conversando mas lo cierto es que no podia eliminar la vista de su escote y creo que se dio cuenta, por el hecho de que me pregunto si era verdad que creía que era guapa y le afirmé que si, me pregunto si podia guardarle un secreto y le afirmé que si, me afirmó que tenia inconvenientes en su matrimonio con Lalo pues el le había sido infiel con una de sus amigas y la amiga le conto a Lalo que se había recostado con el hermano de la amiga, le pregunte si había sido sierto y me afirmó que si, mas que había sido solo una vez y que de ahí que siempre y en todo momento ha negado eso. me recalco que no le afirmara nada a Lalo y que si no decia nada, veria como pagarme la discrecion, le afirmé que no tenia que abonar nada, mas fue cuando se levanto y me afirmó “¿de veras te gusto?” le afirmé que si y sin decir pero nos besamos y comence a acariciar sus tetas, mientras que me desabrochaba el cinturon, le saque una teta y se la chupe riquísimo mientras que me decia que no la fuera a marcar.

En el momento en que me saco la verga del pantalon, se agacho a chuparmela, ya la tenia bien dura y con su boca absorbiendo mi verga se me puso a puntito de explotar. La debí levantar para no venirme en su boca y la desvista mientras que me aliviaba un tanto, la acoste encima del escritorio de Lalo y le comence a meter la verga en su rica panocha rosadita y muy apretada, estaba depilada y podia ver como estaba bien humeda. Cogimos en múltiples situaciones en la oficina y hasta en la silla de Lalo se me monto y la muy puta hasta me afirmó “acuerdate de mi cuando entres aquí a charlar con Lalo” y le afirmé que me acordaria de ella en todos y cada instante.

Salimos prácticamente a las 11:00 pm del edificio y cuando la despedía en su turismo, todabia y también saco nuevamente la verga y ahí en el estacionamiento me la volvio a chupetear hasta sacarme la leche, estaba parado afuera de su carro y adentro sentada y un poco antes de venirme en la boca de la infiel esposa de mi jefe, sono mi celular y era mi esposa, mas no le respondi, en el momento en que nos despedimos Blanca me afirmó “ya vete pues se marcha a enfurecer tu mujer, me anoo su celular y me afirmó que no le mandara mensajes ni whatsapp y que solo le llamase cuando supiese que Lalo estaria en la oficina, desde ese momento nos hemos visto unas cinco o bien seis veces para ir a coger, si bien no me la he vuelto a coger en la oficina, siempre y cuando entro a charlar con Lalo recuerdo de lo cachonda que es su vieja y se me para la verga.

viernes, 28 de octubre de 2016

Ana y el cornudo sumiso y maricón de su marido (Relato)



A mi zorrita ya mi nos ha hecho gracia, ya que parece describir alguna de nuestras andanzas...

Sin más empecemos con el relato:


Esta historia ocurrió hace un año aproximadamente cuando por motivos de trabajo mi empresa me trasladó a otra ciudad. Cuando llegué a mi nuevo destino tuve que hacerme cargo de un departamento con todo lo que ello implica. Las primeras semanas fueron una locura, entre las horas que tenía que trabajar para ponerme al día y la búsqueda de piso, casi no tenía tiempo para nada más.

Una de las noches que me había quedado hasta tarde a trabajar salí de mi despacho a coger un café de la máquina. Al pasar por delante de uno de los cubículos que ocupaba la gente de mi departamento vi que había una persona trabajando. Me acerqué por detrás y vi que se trataba de Ana (en realidad se llama de otra forma). Ella estaba absorta delante del ordenador y no se
apercibió de que me acercaba. Cuando se dio cuenta de mi presencia y quiso reaccionar cambiando la pantalla rápidamente yo ya me había apercibido de que estaba navegando por internet.

Estaba tan nerviosa que fue incapaz de cerrar la pantalla. De esta forma fue cuando me di cuenta que estaba conectada a MorboCornudos.com. Fue gracias a ella que conocí vuestra página web. Ana se puso toda colorada, no sabía que decir, apenas era capaz de articular palabra, creo que estaba esperando que le cayese una buena bronca.

En lugar de eso a mi me dio por reírme y decirle que no pasaba nada, que estaba fuera de su horario de trabajo y que yo no iba a decir nada sobre las páginas que visitaba. Ana respiró aliviada y me dio las gracias. Le dije que estuviese tranquila que no iba a comentar nada sobre sus visitas de internet. Aunque me picaba la curiosidad y le pregunté que estaba viendo. Ella me comentó que estaba leyendo los relatos de cornudos.

Bueno, pues nada, le dije. Te dejo con la lectura de los relatos que me voy a por mi café.

Dicho esto me fui a la máquina, saqué mi café y me fui de nuevo a mi despacho a trabajar. En ello estaba cuando al cabo de una media hora apareció Ana por mi despacho para decirme que se marchaba y que lamentaba mucho todo lo ocurrido, se notaba que todavía estaba avergonzada y que se encontraba en una situación incomodísima. Le volví a reiterar que no pasaba nada y que se podía ir a casa sin ningún tipo de preocupación.

Cuando se fue de mi despacho me fije que era una mujer bastante atractiva, de unos 35 años, con el pelo moreno, de aproximadamente 1,75 cms y de unos 55 kilos. Sus pechos no eran excesivamente grandes, más bien todo lo contrario. Al salir de mi despacho y verla caminar me di cuenta que irradiaba sensualidad por todos los poros de su cuerpo. Eso y que a través del pantalón blanco que llevaba se podía vislumbrar la marca de un tanga.

Al día siguiente actué como si nada hubiese pasado, estuve todo el día trabajando sin acordarme del asunto del día anterior. Esa noche tuve que volver a quedarme a trabajar. En un momento dado me vino a la mente lo que había ocurrido la noche anterior y picado por la curiosidad entre en la web a echar un vistazo y a leer uno de los relatos, que estaba bastante bien, todo hay que decirlo.

Cuando acabé de leer el relato me levanté para ir a por un café y encontré de nuevo a Ana en su puesto de trabajo. Me acerqué a ella, está vez haciendo ruido para que pudiese apercibirse de mi presencia. Cuando llegué hasta ella le dije:

- ¿Qué? ¿Trabajando o navegando?
- Navegando, me dijo ella.
- ¿En la misma web que anoche?
- Sí, respondió.
- Jajaja, veo que eres una asidua, le dije
- Un poco, es que me gustan ese tipo de relatos.
- Bueno te dejo que voy a por mi café y a seguir trabajando.

Al día siguiente, viernes, a mitad de mañana Ana se acercó a mi despacho y me dijo que como estaba sólo en la ciudad y que ya que me había portado también con ella, quería invitarme a su casa a cenar junto a su marido. Aquella invitación me sorprendió, pero como no tenía ningún plan para aquella noche decidí aceptarla. Me dio las señas de su casa y quedamos sobre las 21:30. Para la cena me puse unos vaqueros desgastados, unos mocasines y una camisa, ya que en cuanto llega el viernes cuelgo el traje y la ropa formal y me gusta vestir de sport. Llegué a casa de Ana puntual con dos botellas de vino de rioja de reserva.

Cuando toque el timbre abrió la puerta el que supuse era el marido de Ana. La primera impresión que me dio es que no pegaban. Juan, así se llama él (en realidad se llama de otra forma) me invitó a entrar y me dijo que Ana salía en un par de minutos. Juan es un hombre más bajo que Ana, tremendamente delgado, de espaldas caídas y de unos 40 años.

Ana apareció al instante. Llevaba una falda de tubo blanca y una camisa del mismo color que contrastaban con su pelo negro. Estaba bastante sexy aquella noche. Después de tomar una cerveza y mientras hablábamos de temas triviales mientras se terminaba de preparar la cena pasamos a la mesa.

prácticamente nos habíamos bebido. Después de los postres Juan sacó unas bebidas y continuamos con nuestra velada. Fue en este instante cuando la conversación empezó a entrar en temas más picantes.

Ana le confesó a su marido que yo le había sorprendido en el trabajo navegando por internet y leyendo relatos eróticos de infidelidades. Y que ya que no había dicho nada y me había portado también había decidido invitarme a cenar. Juan asintió con la cabeza y me agradeció mi discreción.

Creo que influenciado por el alcohol y por la curiosidad les pregunté si les atraía ese tipo de situaciones.

Ana me contestó. Como veo que eres una persona de confianza...... te contaré que como puedes ver Juan es muy poquita cosa, él es muy buen amo de casa y muy servicial, además de muy sumiso. Es muy buena persona pero no puede darme todo lo que yo quiero y necesito. Y como es tan servicial, me quiere tanto y sabe que necesito “algo más” pues, él no pone reparos en que lo tenga. Así siempre me ve feliz. ¿Verdad cariño? Dijo Ana mirando a Juan. Así es mi amor dijo él.

Yo estaba perplejo, era la primera vez que me encontraba en una situación así. Mi curiosidad iba incrementándose.

- ¿Quieres decir que le eres infiel con otros hombres? Le pregunté.
- Sí, le pongo los cuernos, pero siempre se lo cuento, nunca lo hago a sus espaldas. En ocasiones le permito que él lo vea. Ya te he dicho que él es muy servicial y quiere lo mejor para mí. Él disfruta con esta situación tanto como yo, incluso adora que le trate como un esclavo. Es su forma de someterse a mí y tenerme contenta y feliz.

Apenas era incapaz de articular palabra, de ello Ana se dio cuenta y optó por seguir con el mando de la conversación.

- ¿Te veo extrañado me dijo?
- Un poco, contesté. Nunca había conocido a nadie con estos gustos.
- Espera un momento, ahora verás como es cierto lo que te cuento, dijo Ana.
- Juan, para ti ya ha acabado esta velada. Desde este momento vas a hacernos de mayordomo. Así que vete a tu habitación y prepárate adecuadamente, le ordenó Ana.

Acto seguido Juan se levanto y salió del comedor sin pronunciar palabra.

Yo me quedé sorprendido, de nuevo, y Ana me dijo que nos lo íbamos a pasar muy bien y que nos íbamos a reír muchísimo. En aquel instante yo ya estaba excitado con la situación. Cuando apareció Juan vestido de sirvienta con cofia incluida y vistiendo un vestido minúsculo en el que se podía apreciar claramente que no llevaba nada debajo de la cortísima faldita.

Debo reconocer que ver a Juan en aquella situación y con esa vestimenta me provocó una carcajada. Carcajada que fue acompañada por otra de Ana.

- Ves Juan, eres el hazmerreír de todo el mundo. Resultas cómico, dijo Ana.
- Vete a por más hielo y prepáranos dos copas más y nos las sirves en el sofá, le ordenó Ana.

Juan se dirigió hacia la cocina mientras Ana y yo nos levantábamos de la mesa para sentarnos en el sofá. Cuando llegó Juan con las copas Ana me preguntó si estaba cómodo o si necesitaba alguna cosa. Le contesté que me dolían un poco los pies, a lo que Ana ordenó a Juan que me quitase los zapatos y me diese un masaje para aliviar mi dolor.

Mientras Juan me masajeaba los pies en silencio y de rodillas Ana, cada vez estaba más desinhibida y eufórica. En un momento dado empezó a desabrocharse algunos botones de la camisa. Lo hizo de forma que pudiese observar sin ningún tipo de problemas que no llevaba sujetador. Aquella imagen de Ana estaba excitándome enormemente y no pude reprimir el decirle que tenía unos pechos muy bonitos.

- ¿Si, te gustan? Preguntó ella.
- Sí contesté. Me parecen muy bonitos.

Entonces Ana se levanto y se desabrochó toda la camisa dejando completamente al aire sus pechos.

- Sí que son bonitos, dije yo, hasta dan ganas de tocarlos.
- Pues no te cortes y toca todo lo que quieras. A mí no me va a molestar lo más mínimo, al contrario, dijo ella.

Empecé a acariciar suavemente los pechos de Ana deteniéndome en sus pezones pellizcándolos ligeramente. Aquello provocó más de un gemido de Ana y que se retorciese ligeramente en el sofá.

- Juan deja ya de masajearle los pies y siéntate en el suelo, le ordenó Ana.

Juan obedeció mientras que Ana se levantó y se fue hacia él y dándole un beso en la cabeza le dijo:

- Cornudo mío. No eres más que una basura impotente y sumisa que no sirve para follar. Tiene que venir mi jefe para darme una buena ración de sexo del que me gusta. Abre bien los ojos y mira lo que vamos a hacer, y ni se te ocurra tocarte tu minipolla hasta que no te de permiso.
- Juan asintió con la cabeza mientras susurraba: Lo que usted diga mi ama, estoy aquí para servirles y hacerles la vida más agradable.

Ana se volvió hacia mí y mientras se acercaba se quitó la falda dejándose puesto el tanga que llevaba. Al llegar a mi altura se agachó para darme un beso lascivo en la boca, mientras me desabrochaba la camisa. Luego siguió besándome el pecho y fue bajando poco a poco hasta que me desabrochó el cinturón y los botones de los pantalones. Mientras me sacaba la polla ella
decía:

- Seguro que tienes una polla deliciosa, voy a metérmela enterita en la boca y te voy a hacer la mejor mamada que te han hecho en tu vida.

Ana empezó a mordisquear y a chupar mi polla de forma maestra, realmente era una experta y ponía toda su atención, dedicación y buen hacer. Mientras pude ver como Juan seguía sentado en un rincón. La polla se le había puesto erecta y aún así no debería de medirle más de 9 cm.

- Juan, que bien la chupa tu mujer. Da gusto tener una puta así en casa, aunque tú no la puedas disfrutar, le dije. Aunque con esa minipolla no creo que fueses capaz de satisfacerla.
- Por supuesto, contesto Juan, mi ama se merece algo mejor que yo. Por eso deseo que usted le haga disfrutar como nunca.
- Ummm dijo Ana. Esto si que es una polla rica de verdad y no lo que tú tienes marica cornudo.
- ¿Marica? Dije yo.
- Sí es un marica que le encanta que le den por el culo y comer pollas, respondió Ana.

Ana volvió a dedicarse de lleno a mi polla. Cada vez chupaba con más energía, produciendo sonidos guturales, hasta que en un momento dado le dije:

- ¡Que bien lo haces! Vas a hacer que me corra y te llene la boquita de mamona que tienes de lechita calentita.

Ana intensificó su ritmo hasta que me corrí copiosamente en su boca. Ella trataba de no dejar escapar ni una gota, pero aún así el semen le chorreaba por las comisuras. Me quedé extasiado con el trabajo realizado por Ana. Ella se levantó y se dirigió a Juan y le dijo:

- Ahora puedes limpiarme los restos de leche de un verdadero macho. Prueba su sabor y comprueba a que sabe un verdadero hombre. Un hombre al que tu querida mujercita acaba de chuparle la polla.

Juan se relamía chupando los restos que goteaban de la boca de Ana.

- Ves como es un puto maricón. Mira el marica como disfruta bebiéndose la leche que ha sobrado.
- ¿Te gustaría chuparle la polla, verdad? Le preguntó Ana.
- Sí, mi ama, me encantaría, respondió Juan.
- Por ahora es todo mío, luego si sobra algo igual te dejo unas migajas, puto esclavo de mierda.

Y dicho esto Ana le pisó el minipene, dejando a Juan revolcándose de dolor en el suelo mientras se volvía hacia mí.

- Ves como es un marica flojucho. Se está revolcando de dolor y casi ni lo he tocado. Dijo Ana riéndose.
- Me has dejado hecho un rey, hacía tiempo que no me pegaban una mamada tan rica, le dije.
- ¡Que bien que te haya gustado! Me he esmerado, no quería defraudar a mi jefe.
- No lo has hecho, le dije, Has estado sublime.
- Espera un momento Ana, tengo que ir al aseo.
- ¿Vas a mear? Me preguntó ella
- Sí, por?
- Juan te acompañará y muy gustosamente te la sostendrá mientras meas, dijo ella.
- Juan, acompaña al aseo al señor y ayúdale en sus necesidades. Ponte los guantes y no aproveches la ocasión para meneársela, que tu eres muy maricón.
- Sí señora, lo que usted mande, respondió Juan

Juan se levantó, me acompañó hasta el aseo y me sostuvo la polla mientras meaba.

Al volver al salón ya había recuperado toda mi energía, mi polla empezaba de nuevo a entonarse, ante la alegría de Ana.

- Umm, veo que vuelves a la carga, no?
- Sí, ya me he rehecho y estoy dispuesto a follarte como a la puta perra que eres, le dije.
- Me encanta lo macho y dominador que eres. Haces que se me humedezca el coño sólo de verte.

Levanté a Ana del sofá y la llevé junto a la mesa del comedor apoyándole las manos en ella.
- Ahora te voy a pegar una buena follada, voy a hacer que te corras como una loca, le dije.
- Juan, mira bien como hago que tu mujer se vuelva loca de placer.
Aparte ligeramente el tanga de Ana y le introduje lentamente mi polla por su empapado coño. Ana estaba tremendamente lubrificada, mi polla entraba sin resistencia, mientras ella suspiraba y jadeaba.

- ¡Que bien me follas! ¡Cómo me gusta tu polla! ¡Sigue así, jefe,! ¡Fóllame, soy tu puta!
- Juan, marica, mira como me folla un hombre de verdad. Él sí que sabe follarme.
- ¿Te gusta, verdad? Le pregunté
- Sí, follas de maravilla, jefe. Si me lo permites seré siempre tu putita particular y servicial
- Así me gusta, puta, que te entregues sin remisión.

Ana cada vez gemía con mayor fuerza y se movía más frenéticamente cuando saque la polla de su encharcado coño.

- ¿Qué haces? Me preguntó. Por favor no pares ahora.
- No quiero que te corras tan pronto, le dije.
- Ella protestó, no por favor sigue follándome.
- Esta bien le dije, pero ahora te voy a follar ese precioso culito que tienes.
- Sí, grito ella, fóllame el culo, rómpemelo con tu polla, jefe.

Le humedecí el ano con saliva y poco a poco le fui introduciendo mi polla hasta conseguir que entrase por completo. Ella cada vez se movía más, gemía y gritaba. Estaba a punto de correrse.

- Ella volvió la cabeza y le dijo a Juan: No veas que bien me está enculando, lo hace de vicio ¿Te gustaría que te enculase a ti también, verdad maricón?
- Juan asintió con la cabeza
- Jódete puto maricón, esta polla sólo me encula a mí.
- Me corro, me corro, vas a hacer que me corra como una perra, gritaba Ana.

Incremente el ritmo de mis sacudidas hasta hacer que Ana se corriese. Gritaba y jadeaba como una posesa suplicando que no parase de menearme. Entonces saqué mi polla, senté a Ana encima de la mesa y empecé a follarla de nuevo por el coño.

- Me vas a matar de placer, cabrón.
- Sigue así, no pares, vas a hacer que me corra de nuevo.

Yo seguía follando a Ana con toda la fuerza de que era capaz hasta que de tuvo un nuevo orgasmo. Se convulsionó y grito tanto como en el primero, mientras me pedía que por favor le llenase el coño de leche.

No tarde ni un minuto en complacer sus deseos y descargue un nuevo cargamento de leche en su mojado coño. Vi como mi leche le resbalaba por los muslos y ella untándose los dedos se los llevaba a la boca, mientras con cara de auténtico vicio gemía. Nos sentamos de nuevo en el sofá para descansar.

- Que gusto me has dado, me dijo
- ¡Me alegro! Le contesté
- ¿Te apetece algo fresquito? Me preguntó
- Ok, tanto ejercicio da sed, le dije
- Juan vete a por más bebida, le ordenó
- No te da pena el pobre Juan, le dije. Debe de llevar un recalentón de tres pares de narices.
- Es verdad, con lo bien que se ha portado.
- Juan, trae las bebidas y un pepino bien grande.

Juan se levantó todavía con su pene erecto y fue a por las bebidas y el pepino que Ana le había ordenado. Cuando volvió Ana con una sonrisa en su rostro le dijo:

- Cariño, por haber sido tan bueno voy a dejar que te metas este pepino por el culo.
- Gracias mi ama, es usted muy comprensiva conmigo.

Juan agarro el pepino y se lo introdujo por el ano, mientras nosotros observábamos toda la escena.

- ¿Ves? Ya te he dicho que es maricón perdido. Mira como disfruta metiéndose el nabo por el culo, dijo Ana
- Sí, ya veo. Está disfrutando el muy cabrón como un poseso, jajajaja.

Juan se corrió en un minuto, ante las carcajadas de su mujer. Un minuto, ja ja ja, cada vez tardas menos en correrte.

El resto de la velada transcurrió por derroteros similares. Después de esa noche Ana fue mi trabajadora preferida hasta que abandoné la empresa.

Leche de engorde - Capítulo 2

Mis amigos, o esos cinco viejos hijos de puta que decían serlo, se estuvieron haciendo chupar las pijas por mi novia más o menos cada 48 horas durante una quincena más, que fue cuando se cumplió el mes en que ella comenzó con las pastillas anticonceptivas.

Eran sesiones de no más de dos horas, casi siempre en la casucha de Tito, y siempre se deslechaban dos veces cada uno.

Se dieron en esos días resultados inmediatos. No porque mi novia engordara, que era el objetivo del tratamiento, sino porque los viejos le festejaban a ella sus inesperadas habilidades para felarlos. Esto elevó inmediatamente la hasta entonces inexistente autoestima de Paloma a niveles inéditos. Aunque no se sentía más atractiva y seguía acomplejada por su extrema delgadez, los elogios de los cinco viejos, que a la postre eran hombres experimentados, la inflaban de orgullo y le engrosaban su auto consideración.

Por eso Paloma iba contenta a ser sometida al tratamiento. Contenta y confiada, ya que se sentía mucho mejor. Años después caeríamos en que se sentía mejor por los elogios y no por el tratamiento, pero en aquellos días, tanto ella como yo, creíamos firmemente que todo era resultado de las enormes ingestas de leche a la que los viejos la arreaban.

Se daban entonces situaciones que rayaban con lo inverosímil. Mientras mi novia tragaba semen en buches copiosos, uno tras otro, yo, a su lado, agradecía a esos turros la vejación a la que la doblegaban.
—¡Tragá, putita! –le gritaban a mi novia. —¡Tragá todo!
Y yo:
—Gracias, Whisky. Gracias por esta tercera descarga que nos hace tan bien a Paloma y a mí.
Y Whisky se deslechaba y mi novia volvía a tragar todo su torrente.

Seguían sin dejarle a Paloma beber mi semen. Si bien era semen, insistían en que por ser yo virgen, mi leche podía generar resultados contraproducentes. Discutimos con Paloma una vez por eso, porque aunque los viejos decían que lo mío no servía, yo quería que me hiciera a mí lo que le hacía a los demás. Pero Paloma, comprometida con el tratamiento como estaba, no me lo permitió. Se puso a la defensiva, me insultó y me acusó de egoísta.
Para no hacer más lio, renuncié a ese privilegio. Y en cambio le propuse una solución alternativa: si mi leche virgen era peor que agua, solo debía dejar de ser virgen. Ella no quería entregárseme porque le avergonzaba su cuerpo, de modo que yo solo debería ir una vez con la puta del pueblo.

Le había comentado mi idea llegando a lo de Tito y se largó a llorar. Me sorprendió, no sabía qué cosa había dicho que fuera tan grave. Tito salió a recibirnos y se encontró con la escena.
—¿Qué pasó? –preguntó preocupado mientras nos hacía entrar, apoyándole una mano casual sobre el culo de Paloma.
Entramos al cuartito sin revoque donde habitualmente mi novia era sacrificada por los cinco viejos turros. Todos estaban ya en calzones y don Omar directamente con su vergón afuera.
—Es él –me acusó Paloma, entre llantos.
Los cinco viejos la rodearon para calmarla y darle palabras de consuelo. Pero también aprovechaban para manosearla suciamente mientras ella, distraída con su problema, no lo advertía.
—¿Qué hiciste, Pablito? –me recriminó uno. Yo me quedé.
—Cuentanos, Paloma. ¿Qué pasó? –los viejos se hacían los interesados pero en realidad la magreaban a discreción, aprovechándose de la ceguera de sus lágrimas.
—¡Quiere irse con una puta! –y se largó a llorar más fuerte.
—Mi amor, no llores. –le pidió Papi, y empezó a desabotonarle el jean.
—¿Cómo podés hacerle eso a tu novia con los sacrificios que está haciendo por la pareja? –me retó don Omar, mientras le acariciaba el cabello y llevaba la mano izquierda de ella a su pijón totalmente erecto.
—¡No es eso! –me defendí. Tito ya le desprendía los botones de la camisa blanca. —Pero es que quiero dejar de ser virgen para sumarme a ustedes y…
Paloma seguía llorisqueando. Papi tironeaba disimuladamente del jean hacia abajo pero, sin la ayuda de mi novia, se le dificultaba.
—¡Sos una bestia! –me retó, ya más enérgico, Tito. —Y un egoísta. No te merecés a una chica como Paloma.
Mi novia ya no lloraba tanto y se sentía halagada y consolada por los cinco viejos que trataban de desvestirla. Paloma había retirado ya dos veces su mano de la pija de don Omar, pero éste la había vuelto a poner allí.
—Vamos a enseñarle a tu novio lo comprometida que estás con el tratamiento, ¿sí?
Pero mi novia se sentía realmente mal, angustiada de verdad. No estaba como otras veces.
—No sé… -dudó. —No puedo… quiero irme a mi casa…
Los viejos cruzaron miradas filosas.
—Paloma, viniste acá por el tratamiento. El mismo tratamiento que te está haciendo tan bien.
—Ya sé, pero… -Paloma se abotonaba la camisa, solo que con cada botón que cerraba, Tito le abría dos.

Abajo, Papi forcejeaba suavemente con el jean, aun sin éxito, y ella podía sentir las manos de Whisky y Jean Del violando cada centímetro de su escote o su pantalón.
—Vas a ver que te vas a sentir bien… -Tito ya le había abierto casi toda la camisa.
—No sé… Hoy, no… - se cerraba un poco instintivamente.
—Hacenos caso, nosotros sabemos de todo esto… Levantá la piernita…
Con delicadeza y una insistencia solapada, la recostaron medio ladeada sobre la cama, casi sin que ella se diera cuenta. Papi pudo bajarle un poco una de las piernas del jean.
—Hoy no, chicos… Hoy no me siento con ánimos… -Pero ya Whisky había sacado su pollon y lo tenía casi
sobre el rostro de Paloma. —Hoy no… -La camisa se le abrió por completo ahora y el corpiñito de algodón
con push-ups se lució contra su piel haciendo a mi novia más hermosa todavía.
Paloma se vio las costillas y se avergonzó. Se cerró la camisa para que no la vieran tan flaca y eso la distrajo de Papi que ya lograba bajarle un poco más el jean y descubrirle así una de las fibrosas nalgas. Aunque el culo era muy flaco, las ancas anchas y la cintura chica le dibujaban una silueta bastante sensual, y su bombachita de algodón blanca, enterradísima entre sus cachetes, logró excitar a la jauría.

La manosearon. Le manosearon todo el culo como si fuera un pedazo de carne, mientras le decían mentiras dulces para aflojarla.
—Hoy no, chicos… -rogaba Paloma, todavía gimoteando por lo que yo le había dicho. Pero igual la magreaban y ya la verga de Whisky estaba sobre su rostro, chocándose contra sus mejillas cada vez que se movían.
—No quiero estar acá ahora… Quiero irme a mi casa… Quiero ir a mi casa a llorar…
—Y llorá acá, bebé… -Whisky le puerteaba la boca con su vergón gordo y la obligaba a abrir los labios contra su voluntad. —Llorás y tragás como una buena nena, y así engordás… -Whisky ya había logrado colarle la cabeza de la pija y se la entraba y sacaba suave y alternadamente. Mi Paloma se rehusaba pero su angustia era tal que no ofrecía mucha resistencia. A veces cerraba la boca o le daba vuelta la cara, pero el viejo, con paciencia interminable, le regresaba el rostro hasta su pija y se la volvía a enterrar en la boca.

Algo parecido sucedía abajo con el jean que Papi le estaba sacando ya casi por completo. Ella se negaba pero su fortaleza estaba disminuida y finalmente sus pantalones acabaron enrollados a sus tobillos, su culo expuesto y manoseada impúdicamente mientras rogaba que la dejaran ir.
—Hoy no, chicos… -insitía. Tenía ya dos vergas en la cara, una a cada lado, y una tercera cerca para dar el zarpazo. Las dos pijas se le metían en la boca con cada hipo que su llanto le permitía, porque Paloma no había parado de lloriquear ni un segundo. —Por favor, respétenme como mujer… -y le callaban la boca a pura verga. A veces la engullía porque el llantito o el hipo la podían hacer toser.

En un momento me pareció que todo aquello era demasiado y dije:
—Bueno, yo lo único que quería era cogerme a una puta para ayudarla con el tratamiento…
Fue decir la palabra “puta” y Paloma se deshizo en un llanto abundante, como nunca le había visto, cargado de angustia.
—¡Buaaahhh…!
Los viejos me amonestaron con gestos durísimos.
—No llores, mon amour –le pedía Jean Del, mientras con su verga le hendía la boca a Paloma.
Whisky también la consolaba. La tomó de los cabellos y le giró su cabeza hacia su propia verga, la que le enterró en la boca como un animal.
—No llores, chiquita… No llores y chupá… Así… Así… Uh… Síiii…
Papi jugaba abajo metiéndole un dedo en su conchita y presionando apenas con el pulgar sobre el ano. El llanto desconsolado de mi pobre Paloma no hacía dudar a mis amigos ni por un segundo, que seguían violando su voluntad a discreción. Tito le sobaba los diminutos pechitos mientras se pajeaba y don Omar le besaba cada centímetro de su piel.
A pesar de seguir llorando, Paloma ya agarraba la verga de Whisky con toda su mano. La movía hacia adelante y atrás mientras chupaba, pero no dejaba de llorar. Solo sacaba su boca de la pija cuando otro la agarraba de los pelos para llevarla hacia él. En esos breves segundos que podía decir algo, imploraba para que la dejasen.
—Por favor, me quiero ir a casa… Déjenme ir a mi casa con mamá…
—Sí, Paloma –le prometían mientras la usaban. —Ya te vas a casa, pero sigue mamando un poquito más… un poquito más, nada más…
El morbo hizo que Whisky se viniera bastante rápido. Le tomó con sus dos manos la cabeza violada justo cuando Paloma largaba un llanto a moco tendido. Paloma no había comenzado a respirar para recuperar el aire y Whisky ya la tenía engullendo todo su pijón. Se vino con la más abundante leche, la primera, y Paloma sintió que se ahogaba con tanto semen y tan poco aire. Quiso sacar la cabeza pero Whisky la aprisionó contra su ingle. El segundo chorro fue directo a su garganta, y Paloma, que no paraba de llorar, se ahogó y tosió fuerte.
Whisky le tiró la cabeza para atrás, desde la barbilla, y le tapó medio casualmente la nariz, en el mismo movimiento. Paloma tuvo que reprimir por un segundo su llanto, tosió, hipó, y ya no pudo hacer otra cosa que tragar la leche tibia de Whisky. Volvió a toser y sintió cómo el viejo le regresó la cabeza otra vez abajo para que siga mamándosela y así poder recibir el tercer chorro. Su rostro, que aunque muy flaco era bonito, era una máscara horrible de lágrimas, mocos, rímel corrido y semen alrededor de la boca. Y la garganta de mi novia trabajando para Whisky, engullendo rápido para no perder una gotita de toda la hija putez del viejo.

Jean Del aceleró la paja que se estaba haciendo contra la cara de Paloma y anunció también su desleche. Con la última gota de Whisky, el boliviano con ínfulas de francés le torció violentamente la cabeza a mi novia y le forzó la boca para que tragara su pija.

Mientras mi novia seguía tomándose la leche tibia de los viejos, siempre entre lágrimas, yo me hacía una paja furiosa y Papi tenía tres dedos dentro de la conchita, y otro puerteándole el culito.
Cuando Jean Del terminó de usar a mi novia, Papi hizo girar a ella sobre su eje y la colocó arrodillada sobre la cama.
—Ya está –rogó mi novia. —Ya tomé un poquito… Déjenme ir a casa, por favor…
—Ya, mi amor, ya… En un minuto te vas…
—Por favor… Mañana vengo más tiempo…
—Sí, mi amor, sí… -Papi la tenía tomada de una nalga y la empujó de lado. —Ponte así a cuatro patas pero mirando a tu novio, mi amor… -y la fue corriendo.
Paloma se resistía pero débilmente. Tito y don Omar fueron hacia mi lado y la ayudaron.
—Me quiero ir, don Tito. –rogaba.
Pero Tito la tomó de los hombros y la ubicó hacia los pies de la cama.
—Ya te vas, mi amor, es solo un minutito. Hoy vamos a hacer un progreso en el tratamiento… vas a ver…
—Me quiero ir –repetía. Hoy creo sus llantos, su angustia, eran porque sabía de alguna forma que la estaban usando.
Largó otro llanto angustiado y fue a refugiarse entre las sábanas, quizá avergonzada. Su cabeza, su torso, sus hombros se fueron para abajo. Sus piernas se aflojaron y también bajaban. Papi, atrás de ella, se quejó con tono medio duro.
—¡Arriba el culito, mi amor! –y trató de levantarla.
Paloma giró llorando, y con algo de dignidad le gritó:
—¡Me quiero ir! ¡Me quiero ir a mi casa ya!
Tito y don Omar se sorprendieron pero a Papi pareció no importarle.
—Ya te vas, mi amor. Sube las nalguitas y te vas.
Y Paloma levantó el culo con sus rodillas sobre la cama, y se hundió en las sábanas llorando de congoja y vejación.
—Muy bien, mi amor. Así me gusta…
Vi a Papi maniobrar con su pija detrás de las nalgas de Paloma. Desde donde estaba sentado yo, no podía ver. En cambio tenía el rostro de mi novia muy cerca mío y bien de frente.
—Hoy te vamos a dar leche por otro lado, ¿eh, Paloma?
Pero mi novia no lo escuchaba. Estaba demasiado angustiada y con la cabeza gacha.
Vi a Papi maniobrar abajo, pero esta vez sobre mi novia. Adiviné que agarró su pija y vi cómo con una mano la tomó de la cintura y se movió apenas hacia adelante.
—Ahí te la apoyé, mi amor… -y subió la segunda mano a la cintura de Paloma.
—Déjenme ir, por favor…
Y Papi empujó para adelante.
—Y ahora… -el rostro de Papi era lujuria pura cuando empujó en serio. —...y ahora te estoy cambiando para siempre… -y se la clavó.
—¡Ah! –escuché el gritito entre las sábanas de Paloma.
—¡Uh…! -Papi volteó los ojos. Paloma no dejaba de llorar y el viejo sonreía triunfante. —¡Muchachos, no saben lo que es esto…!
Papi comenzó a moverse suavemente adentro de mi novia, que seguía su lamento.
—Por favor, me quiero ir… Déjenme ir…
—Es re estrechita –decía entusiasmado, ignorando por completo las lágrimas de su víctima. —¡Es re estrechita, muchachos!
Tito y don Omar se excitaron y fueron a ver el desfloramiento de mi novia. Se quedaron varias sacudidas de Papi, embelesados con la escena y pajeándose para que no se les bajara la pija. Volvieron hacia la cabeza de mi novia y la tomaron con más fuerza, la levantaron de los pelos mientras ella gritaba por ese dolor y le abrieron la boca para hacerse chupar la pija casi por la fuerza.

Papi se movía atrás de ella un poco más rápido y más fuerte, gozando como un hijo de puta lascivo.
—¿Me sentís, mi amor? –le preguntaba mientras le enterraba la pija hasta los huevos. Pero Paloma estaba en otra cosa, dudo que hubiera sentido algo. Lloraba cuando la quitaban de una pija para ser llevada a la otra. Y continuaba chupando y llorando.
—Qué estrechita sos, Paloma. Te voy a llenar de leche.
Yo seguía tocándome, aunque no veía lo que hacía el viejo. Toda la situación era angustiante y hasta violenta. Paloma no quería estar allí, eso era evidente, y aunque el origen de todo era yo, sentí que debía plantarme y defender a mi novia.
—Muchachos, Paloma quiere irse. Me la voy a llevar a su casa.
—¡Callate, cornudo, y ven a ver esto!
Sentí que la traicionaba cuando me levanté obediente. Es que la invitación era muy tentadora. Me alejé mirando la cabeza de Paloma que no dejaba de chupar pija, obediente y corrida de lágrimas. Fui detrás de ella y vi cómo Papi le clavaba la pija con demorada morbosidad, una, dos, tres, cuatro, infinitas veces.
—¿Ves, Pablito? –me decía. —¿Ves cómo la pija me sale rosada?
Era cierto. Me asusté cuando advertí que era sangre.
—No te asustes, quería que veas bien cómo tu novia se convirtió en mujer. –y se la seguía garchando. —Y cómo la voy a hacer mamá…
—¿Cómo mamá…?
—Le acabo, Pablito. Le acabo adentro.
Tomó a mi novia de sus ancas flacas con la agresividad y la fuerza del orgasmo que le venía. Se contrajo todo, se arqueó y aceleró las embestidas como si fuera un animal.
Tito y don Omar fueron a ver la culminación del desfloramiento, dejando a Paloma sola con sus sollozos.
—¡Tomá, puta, tomá! –se sinceró cuando empezó a acabarle. Los viejos comenzaron a festejar como monos.

Yo, no; por respeto a Paloma, aunque estaba excitadísimo.
—¡Te lleno de leche, bebé! –le gritaba triunfal Papi.
Paloma solo respondía con quejidos e hipos. Papi siguió deslechándose lentamente adentro de mi novia, y al cabo de un minuto sacó su pija embadurnada de jugos y semen. Paloma giró su cabeza hacia atrás, hacia ellos, y suplicó con la mirada. Pero ya Tito y don Omar se peleaban por entrarle.
Me descubrí pidiéndole:
—Un minutito más, Paloma. Dejá que te llenen también Tito y don Omar y nos vamos a tu casa.
Tito estaba ya puerteándola y empujando su vergota hacia adentro cuando Paloma me miró con furia, echándome la culpa del abuso, y entonces volvió a llorar, pero esta vez en silencio, totalmente derrotada.

Tito estuvo cogiéndosela por un buen rato, haciéndolo despacio, tomándose todo el tiempo para disfrutar de cada segundo y cada milímetro de la conchita de mi novia. La manoseaba asquerosamente mientras se la enterraba, y le decía cosas dulces y perversas alternadamente. Le acabó adentro con la misma parsimonia, disfrutando cada chorro de semen que le introducía, y la besaba y le pegaba chirlos, y la llamaba putita y también mi amor.

Con don Omar, Paloma sintió algo por primera vez. Es que el terrible vergón del viejo era difícil de ignorar. Hasta entonces, Paloma no había sentido nada porque no deseaba estar ahí. A don Omar, al menos, lo sintió un poco en lo físico.

La llevé a su casa como a las tres horas, toda dolorida y llena de leche. Los viejos hijos de puta se la pasaron por la pija dos veces cada uno, acabándole adentro siempre, sin permitirle a Paloma que deje escapar ni una gotita, y sin dejarla bajar de la cama nunca, con la promesa de que si se quedaba un minutito más la dejaban ir, que solo faltaba uno. El único que no le entró por la conchita fue el boliviano Jean Del, que solo se hacía chupar la pija y parecía no interesarle otra cosa.

En el trayecto, caminando por calles de tierra y perros al paso, pensé que todo aquello era el final del tratamiento. Yo tenía nada de experiencia de vida, pero me parecía más o menos claro que los viejos no habían respetado nuestras decisiones.
—Ellos no tienen la culpa –me cruzó Paloma. —¡La culpa es tuya por querer ir a acostarte con una puta!
—Pero amor, vos querías irte y ellos no te dejaban…
—Lo hacían por nosotros, ¿no te diste cuenta? Son grandes... Ellos deben saber que el tratamiento no se puede suspender. Se sacrificaron y vos encima los acusás de abusadores. Además de mal novio, sos un mal amigo. -Estaba enojada, furiosa, cansada, dolorida y confundida. Su rostro seguía siendo un enchastre de rímel corrido, lágrimas, desconcierto y semen, y a pesar de que era tan flaca, tan inocente, tan acomplejada y tan falta de curvas, con todo ese abuso a cuestas y el semen de cinco hijos de puta en la cara, la vi tan hermosa, tan dulce y tan mujer, que no pude hacer otra cosa que aliviarme interiormente cuando dijo: —El tratamiento no se suspende.


FIN Capítulo Dos -

Leche de engorde - Capítulo 1 (Relato)



Paloma tuvo la maldición de ser extremadamente flaca porque fue parida acá. Si hubiese vivido en Palermo No-Se-Cuánto o alguno de esos barrios gay de Buenos Aires hubiera sido feliz desde el principio. Pero nació en este pueblo de mierda, a la sombra de viejos ignorantes y doñas gordas. Poco gurí, poca juventud, mucho atraso.

Cargaba encima con unos padres que no la ayudaban. Para la madre, la comida, la gordura incluso, era casi un sinónimo de salud. Se le quejaba a Paloma de que estaba piel y huesos cuantas veces podía, como si la pobre diabla no lo supiera. Y el padre… El padre era la ausencia hecha persona. Ausente en la casa, porque solo vivía para comer, dormir y a veces darle a la patrona; pero ademas su ausencia era literal, porque como camionero que era, vivía de viaje en viaje por todo el país y parando poco y nada en su casa.
Yo también arrastraba mis propias maldiciones: tenía una personalidad débil y unos viejos hijos de puta por amigos. La tercera maldición era que estaba enamorado de Paloma.

—¿Estás seguro que ellos saben cómo hacer? –me preguntó ella la primera vez que caminamos hacia lo de Tito.
Éramos chicos, en esa edad en la que la personalidad y el cuerpo son igual de elásticos. Paloma era alta, e inusualmente delgada. Sus pechitos eran diminutos, casi inexistentes, y la cola, magra y apretada. Sus piernas eran dos palitos parecidos a los de los flamencos, y su rostro habría sido hermoso si no fuera tan chupado.
Con todo, era mi novia, y la quería con locura, así que igual me gustaba. Me gustaba más allá de lo físico.
No podrían entender lo acomplejada que estaba mi pobre Paloma. Lo mismo yo, no se crean, porque el pueblo entero era una máquina trituradora de autoestima. Si no eras el hijo de alguien con plata, o no tenías un buen envase, sufrías.
—Es lo que me dijeron Tito, don Omar y los muchachos –hablaba de mis amigos, un grupo de viejos con los que pasaba la mayoría de las horas que estaba en la calle. —Ellos son grandes, tienen experiencia… Deben saber mucho...
La delgadez extrema de ella dominaba casi todas nuestras conversaciones. Que la ropa, que la dieta para engordar, que yo no la quería, que su cuerpo, que no cogiéramos todavía porque le avergonzaba mostrar su esquelética desnudez.
Yo sufría por ella y por mí también. La amaba, a pesar de que no éramos tan grandes para cosas serias, y mi inexperiencia y desesperación por verla feliz eran tan grandes que me llevaron a buscar soluciones insensatas.

—Hay una forma de que esa chica engorde un poco –me dijo una tarde ya lejana Tito, mirando de reojo a sus compas.
—¿En serio? ¿Qué forma?
—Pero no sé si estarán preparados…
—¡Dígame cuál es la solución! Paloma ya hizo todos los tratamientos que existen y nada le funciona. Tomó pastillas, comió hasta grasa, ¡está desesperada! ¡Mi novia y yo estamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de que engorde un poco!
—¿Ustedes son vírgenes, no?
—S-sí…
—”Bambino”, no creo que debamos… -A Tito también le decían “el bambino” porque tenía apellido tano y era el menor del grupo.
Estaba yo esa tarde con don Omar, Wisky, Papi, Tito y Jean Del, un boliviano gordo con delirios de francés. Andaban en aquel entonces por los 50 años, y eran todos jornaleros de temporada en la siembra y la cosecha; el resto del año se lo pasaban en la pulpería jugando al truco, chupando vino y fifándole la mujer al pulpero sin que éste sospechara nada.
Todos sonrieron aprobando la idea que le adivinaban a Tito.
—Es demasiado flaca –se quejó don Omar.
—¿Y qué?
—¿Pero la vieron? ¡Es puro huesos! -insistió.
—¡Que es la que hay, Omar! ¡No estamos pa ponernos exigentes!
—Es un poncho, al fin de cuentas.
No entendí lo que quiso decir Wisky con eso del poncho, pero no me preocupé demasiado. Casi nunca lo entendía.
Como vi que dudaban, mi desesperación intercedió.
—Por favor, don Omar. Tienen que ayudarme. Háganlo por mi novia. Háganlo por mí. Por favor…
—Está bien, está bien… -se resignó don Omar. —Pero después no vengas con arrepentimientos.
—Sí. –secundó Tito. —Y ojo que esto debe quedar entre nosotros seis y Paloma.
Nadie más en el pueblo debe saberlo.
—Sí, sí. Lo que ustedes digan. Ustedes son los que saben. ¿Pero qué es? ¿Qué tiene que hacer ella para engordar de una vez por todas?
—Es un tratamiento largo –explicó Tito.
—¿Le va a doler?
—No creo… Quizá la primera vez, pero no, nada como para preocuparse… Es más, después quizá hasta le guste.
—Le va a encantar –don Omar tenía mucha confianza.
—Al que le puede doler un poco es a vos.
—¿A mí?
—No le va a doler. Él sabe que somos sus amigos… que esto es para ayudarlos…
—No importa cuál sea el sacrificio, lo vamos a hacer.
—Está bien. Tenés que pasar por la farmacia y comprar estas pastillas para tu novia. Es una caja para todo un mes, y Paloma debe tomar una cada día, todos los días…
—¿Era eso? ¿Con estas pastillas…?
—Escuchame, tarambana: Todos los días una pastilla. No se puede saltear ni un día, ¿entendés? ¡Ni un día!
—Sí, sí… entendido. ¿Ese es todo el secreto?
—No. Hay algo más. Acercate que te explico bien.

—¿Dónde vive don Tito? Estoy cansada de caminar tanto…
Nos detuvimos frente a una casita precaria, pero no más precaria que cualquier
otra del pueblo, hecha de ladrillos y mal revocada. Unos perros famélicos salieron a recibirnos y nos olisquearon a la distancia. Había barro de la lluvia de la mañana que podíamos saltear por unas baldosas desparramadas en el suelo, haciendo de sendero.
Tito se asomó por el marco de la puerta de chapa, sonriente.
—Pasen, pasen. –Estaba en camiseta blanca y un calzoncillo celeste tipo pantaloncito, y en ojotas.
Moví hacia adentro el alambrado cortado a modo de portón y dejé pasar primero a mi novia, muy galante.
Paloma estaba linda. Un jean recién lavado y una remera blanca no demasiado ajustada, y tacos altos. Estaba elegante y algo sexy con su cabello recién duchado.
Entramos de la mano, los dos muy nerviosos. Lo primero que vimos fue a Jean Del también en calzoncillos, sirviéndose vino en un vaso.
—Hola, mon petits –saludó y nos ofreció. —¿Quieren?
Negamos con la cabeza.
—Entren a la piecita –nos invitó Tito. —que están los muchachos.
La mano de Paloma trituraba la mía, pero yo no estaba menos nervioso. En la piecita estaba el resto de los bandoleros, todos en calzoncillos excepto don Omar, que lucía un slip brevísimo, digno de un bañero brasilero. Un paquete por demás importante se adivinaba bajo la lycra, y mi novia también lo advirtió. En
su inocencia no apartaba los ojos del bulto de don Omar.
—Le contaste todo, ¿no, Pablito? –me preguntó de golpe mi amigo Tito.
Asentí con la cabeza, y Paloma hizo lo mismo.
Tito se acercó a mi novia y le tomó la barbilla, complacido.
—¿Tomaste las pastillas todos los días, desde hace un mes? –Paloma asintió.
—Tenés que seguir tomándolas durante todo el tratamiento, ¿sabés?
—¿Cuánto va a durar el tratamiento?
—Mínimo dos años –Mi novia se desalentó un poco. —Pero al año ya vas a empezar a verte mejor.
Tito sonrió al darse cuenta que Paloma miraba de reojo el bulto de don Omar.
—¿Seguís siendo virgen?
—Sí. -dijo mi novia en un susurro, un poco cohibida.
—Bueno, mejor, mejor… ¿Sabés cómo es esto, no? Los muchachos y yo vamos a ir trabajando sobre tu cuerpo e impregnándote nutrientes, calorías, proteínas, vitaminas y todo tipo de sustancias que poco a poco te van a hacer subir de peso, ¿sí? –Paloma asentía como una nena. —Cuanto más te pasemos, más vas a
engordar.
—Sí.
—Muy bien. Igual, siempre vamos a tratar de que la pases lo mejor posible, aunque la primera vez te duela un poquito.
Don Omar había estado observando a mi novia con descaro y se había ido excitando. Se le había parado la pija y ahora la cabezota roja se le asomaba claramente por sobre la sunga. Supongo que a pesar de la falta de carne, la elegancia y sensualidad que traía mi novia la hacían en un punto deseable, aunque quizá solo fuera que eran cinco viejos depravados.
Paloma no pudo evitar clavarle los ojos con curiosidad: nunca había visto una pija, ni siquiera la mía.
—Vení –la animó don Omar. —Vas a empezar conmigo.
Paloma fue hacia él sin lograr sacar la vista de la pija que se asomaba mucho más, no de excitación sino de total curiosidad. Era grande y muy gruesa.
—Pablito –me pidió el “bambino”. —Preparala como te dijimos.
Me arrodillé detrás de Paloma, que estaba de pie frente a don Omar. Crucé mi mano por delante de ella para ir a bajarle el cierre del jean, y tuve que rozar el bulto durísimo de la sunga del viejo. Le bajé el jean hasta los tobillos y entonces todos en la habitación pudimos deleitarnos con la delicada bombachita blanca de encaje que lucía mi inocente noviecita. Papi lanzó un silbido medio libidinoso. Don Omar le apoyó a mi novia una manota sobre su cabeza y la hizo agachar. Paloma cedió y quedó de rodillas frente a la ahora medio asomada verga del viejo.
—Sacala –le ordenó con gentileza.
Paloma levantó sus manitos lentamente, y con sus dedos hechos un temblor hurgó torpemente en la sunga de don Omar. Apenas bajó la prenda unos centímetros, y la fabulosa pija saltó hacia adelante con inesperada fuerza, casi pegándole sobre el rostro.
—¡Ah!
Paloma se sorprendió e instintivamente entreabrió sus labios. Yo me asusté un poco, aunque confiaba en que mis amigos, que me trataban como a un hijo, no harían abuso de esas cosas más allá de lo estrictamente médico del tratamiento.
El rostro de don Omar se encendió de lujuria. Desde arriba observó cómo la chiquilla miraba embelesada su fabuloso trozo de carne dura y caliente, y le sonrió con un sadismo todavía inocuo.
—Agarralo, mi amor.
Paloma tomó con sus manitos ese fierro rugoso que no paraba de agrandarse lentamente, desplegándose como el cañón de un observatorio y engordando de gula. Lo tomó con sus manitos, con delicadeza de niña, como si la piel suave de la vergota arrugada se fuera a lastimar.
—No le tengas miedo, mi amor.
Paloma, arrodillada frente a ese tótem de poder masculino, elevó su carita y miró a don Omar a los ojos, con sonrisa agradecida, sin soltar el grueso pijón de don Omar que cobijaba ahora con sus manos, como si fuera un pajarito.
—¿No le duele cuando crece así?
—Un poquito. Pero vos me vas a ayudar a aliviarme.
Mi novia sonrió como una nena insegura.
—¿Qué tengo que hacer…?
—Agarralo con ganas. Agarralo fuerte.
Con timidez, y sin soltarla por un segundo, Paloma apretó suavemente el pijón de don Omar, quien gimió de placer. Paloma se sintió halagada y volvió a apretar.
—¡Qué linda sos, Paloma…! –mi nena se sintió aun más halagada. No estaba acostumbrada a que le dijeran linda, y mucho menos de un hombre hecho.
—Apretala fuerte, mi amor. Agarrala con toda la mano, como si fuera una botellita de Coca Cola… y apretá.
Paloma obedeció solícita. Rodeó todo el ancho de esa verga imponente con toda la mano y apretó. La cabezota roja, fea y hermosa, se asomó por encima de todo y se infló como un globo.
Yo no podía apartar la vista de la escena. Estaba fascinado y aunque sabía que ese acto debería estar reservado solo para mí, todavía era muy chico como para darme real cuenta de que los viejos del pueblo se estaban aprovechando de nosotros. Miré a mi alrededor: los otros turros estaban sentados en la cama o
en alguna silla, pasándose un cartón de vino barato y blandiendo sus propias pijas mientras también se deleitaban con la escena.
—Ahora agarrala con las dos manos y dale un besito.
Mi novia dudó. Me di cuenta que en un punto temía no estar a la altura de las circunstancias. Su inexperiencia y su baja autoestima la hacían parecer la chica más insegura del mundo. Quizá lo fue en ese segundo de disyuntiva. Pero lo intentó. Tomó ese caño e carne por la base con una mano, y luego la rodeó con la otra, más arriba. La cabezota seguía quedando al tope, expuesta. Paloma tomó coraje, respiró profundo y agachó su cabeza hacia lo que tenía entre sus manos.
El beso sonó como un chasquido.
—¿Así besás a tu novio, vos? -Paloma levantó su rostro, avergonzada, y miró a don Omar con expresión dubitativa. —Besame ahí como cuando besás a tu novio… con un beso de lengua…
Paloma me miró a mí, que aguardaba expectante. Yo tenía la garganta reseca, los pensamientos nublados y la pija totalmente parada. Me pasé instintivamente la lengua por los labios y ella asintió.
Rindió su cabeza hacia la pija de don Omar, pero esta vez con la boca abierta.
Fue a buscarlo con sus labios, con su boca, con su lengua, y con unas ganas y entusiasmo inexplicables, y le dio al vergón enorme de don Omar un beso de lengua como jamás me había dado a mí.
—Uy, sí… -gimió el viejo turro.
Paloma se metió la cabeza y algo más dentro de su boca y lo tragó como si se tratara de un bocado delicioso. Lo besó, lo chupó, lo tragó, y se animó a jugar con la redondez de esa cabezota roja como si fuera un caramelo.
—Mmm… Chiquita, qué buena que sos… -Mi novia sonrió orgullosa, sin soltar la verga ni por un segundo. —Ahora bajá un poquito las manos… No, sin soltar la pija, mi amor… bajá y subí sin soltar… y sin dejar de chupar…. Sí…
Así…muy…bien…. Sí… Quitame el dolor, Paloma…
Yo miraba a mi dulce e inocente noviecita tragar una y otra vez toda esa carne de aquel viejo y no lo podía creer. Sinceramente, no había imaginado que Paloma aceptara tan rápido todo ese asunto del tratamiento y mucho menos que se adaptara tan fácil a las exigencias del mismo.
Aparentemente, Paloma tenía una facilidad extraordinaria –un talento de barrio, dirían todos después- para manejarse a gusto en este tipo de situaciones.
Por supuesto, ni Paloma ni yo éramos tontos: sabíamos que eso era sexo, pero no teníamos idea de mucho más. En nuestra inocencia, estábamos convencidos de que recibir pija, mucha pija, y semen, cuanto más, mejor, la iba a hacer engordar e incluso mejorar las proporciones de su cuerpo. Podía ser sexo, pero si era
parte de un tratamiento médico dejaba de serlo, como cuando un doctor te ve desnudo, tal desnudez deja de implicar sexo.
Nos lo habían dicho una vez Tito, Papi y don Omar: “¿Por qué se creen que las niñas se convierten en mujeres? Porque cogen. ¿Y por qué creen que las más exuberantes son las más deseadas?”
Nos explicaron que era como un círculo virtuoso: coger las hacía más deseables, y el deseo hacía que cogieran más. Llenarlas de semen parecía ser el secreto.
“Te hace engordar, Paloma. La leche es la energía del macho en estado puro, es salud y vida. Y si la tragás o la llevás adentro, te hacés más hembra.” La prueba estaba, según ellos, en las embarazadas. No había dudas que ellas recibían toda la carga de semen. Lo único que había que quitar de la ecuación era el tema del embarazo. Por eso las pastillas.
—Así, mi amor… Muy bien… Seguí chupando… Seguí, mi amor… ¡Qué bien lo hacés, Paloma…!
Mi novia comenzó a disfrutarlo, aunque lo más probable es que fueran las palabras amables de don Omar. Como sea, se le escapaban unos gemiditos y varios “mmm…” Y eso fue suficiente para don Omar.
—Uy, mi amor, me viene... Seguí, bebé, seguí que me vengo -tomó a mi novia de la cabeza y cerró los ojos. Paloma siguió chupando con dedicación. —Sí… Seguí así… Así… -de pronto abrió los ojos y me miró. —Cuerno, alentala a tu novia.
Me sorprendió pero no me ofendió lo de Cuerno, en ese momento no tenía mucha idea de lo que realmente significaba en ese marco. También me sorprendió el tono un poco imperativo de la sugerencia. Pero obedecí.
—Seguí, mi amor… Seguí… No pares…
Y Paloma siguió y siguió, y don Omar comenzó a moverle la cabeza hacia abajo y a mover su propia pelvis, hamacando su pija hacia adelante y atrás, cogiéndose la boca de mi amorcito.
—Me viene, bebé… Me viene… -prometía
Hasta que en un momento tomó a mi novia de los pelos y la presionó contra su verga y la forzó a sostenerle la pija dentro de su boca
—Me voy, me voy, me voy…
Y le vació un primer chorro de leche tibia y bien líquida. Paloma no se la esperaba y se atoró un poco y tosió, e instintivamente quiso irse para atrás.
Don Omar la sostenía de los pelos para que no retirara la cabeza de su pija y recibiera el inmediato segundo chorro de su leche.
—¡Tragá! -le exigía. —¡Tragá, pendeja, tragá! -Vi los esfuerzos de mi Paloma por engullir todo ese torrente de leche que la inundaba. —Tragá, mi amor, tragá todo que así vas a engordar. -Y mi Paloma tragaba, obediente, pero un poco se le iba por la comisura de los labios. Yo veía latir furiosamente la verga deslechándose y creí que nunca terminaría de llenarla.
La cabeza de Paloma se mecía como suelta con cada estocada con la que don Omar le cogía la boca. Se movía y se movía, y le estuvo acabando un minuto interminable, llenándole el estómago de él, de su energía, de su ser.Hasta que terminó de acabarle y la soltó.
—Muy bien, mi amor… -le dijo agradecido —Sos una maravilla.
Mi novia era puro orgullo. Y puro enchastre también. Me buscó con la mirada enaltecida, queriendo celebrar ese momento de autoestima en los cielos. Fui hacia ella y me besó, borracha de orgullo y semen. Sentí a don Omar en mis labios, en mi lengua, en toda mi cara, y me dio un poco de asco; pero verla a ella tan feliz y tan exultante era un premio que lo valía.
—Te amo… -me dijo. —Y volvió a besarme.
Pero Papi ya se había puesto frente a ella, blandiendo su verga desnuda, reclamando su turno y decretando el final del efímero instante romántico.
Fue como un quiebre general, porque desde ese instante el clima todo cambió.
—A seguir tragando, chiquita.
Papi no esperó respuesta y tomó a Paloma de los cabellos y la empujó hacia su pijón. Mi novia abrió grande la boca y lo recibió voluntariosa. Con la experiencia anterior ya se sentía pisar sobre terreno conocido y tomó la verga de Papi con sus dos manos, pajeándolo hacia arriba y hacia abajo mientras se lo chupaba por completo y jugaba con la lengua sobre la cabecita.
Papi le agradeció con gemidos de placer.
—¡Muy bien, Paloma, muy bien!
Mi novia lo seguía felando, más como un trabajo mecánico que con verdadera pasión. Es que Papi era bastante ansioso y no se daba tiempo para otra cosa que su placer. Con la boca llena de carne, su abusador cogiéndole la boca como un animal egoísta y lujurioso, mi novia me buscó a mí y observó alrededor. Don
Omar se había tirado en la cama, satisfecho. Wisky, Tito y Jean Del permanecían alrededor de ella sobando sus vergas erguidas, hipnotizados con mi novia piel y huesos. Yo también estaba cerca. Quería estar junto a ella como soporte y contención; pero no voy a mentirles, usaba mi cercanía para no perderme detalle de la fascinante imagen de ella tragando pija.
Papi, ansioso, descortés y egoísta, se deslechó enseguida. Tomó a Paloma de los pelos para sostener su pija dentro de la boca de mi novia.
—¡Me deslecho, pendeja! –La miró para llenar sus ojos de vicio y lascivia y la agarró de los pelos con más fuerza todavía. Paloma estaba algo desconcertada, el cabello le tiró y gimió un poquito de dolor. —¡Callate y tragá, pendeja! Tragá que lo venís haciendo muy bien…
Y Papi empezó a gemir, casi rugir, a agitarse de un modo tal que parecía que estaba corriendo o algo así. Comenzó a bufar, a putear, y su pija se infló más y comenzó a latir como la de don Omar, y entonces le traspasó a mi chiquita todo su torrente de guasca caliente y morbosa.
—Tragá, putita, tragá –le reclamaba. Y Paloma, buenita como era, tragaba obediente. Me miraba y yo no decía nada. Por suerte esta vez no se atragantó.
Aunque tampoco tuvo tiempo de besarme o dedicarme unos instantes. Cuando me moví para ir hacia ella, Tito me salió al paso y me ordenó de buenas maneras.
—Sentate allá, Pablito, y no jodas. Tu novia todavía tiene que tragar mucha más leche.
Hubo un cruce de miradas entre los viejos y unas risitas que se me antojaron burlonas. Tito fue a ponerse de pie frente a mi Paloma, a quien ya le empezaban a doler las rodillas porque no la dejaban pararse y se lastimaba contra el suelo de hormigón. Fui a mi sillita y Tito a su posición. La verga de Tito era bastante interesante y juguetona. Se le enterraba en la boca a Paloma, quien pretendía chuparla como lo venía haciendo. Pero la pija salía de golpe y le jugaba. Golpeaba a Paloma en su rostro, le entraba en la boca de costado. La sacudía fuerte, luego despacio, luego le refregaba todo el ancho sobre el rostro chupado de mi novia.
Y Paloma reaccionó a estos juegos. Se fue entusiasmando de a poco y en unos minutos se sumó al festejo y se tragaba con ganas la barra de carne de su abusador; lo quitaba, lo felaba, lo pajeaba y se lo volvía a engullir.
—No puedo creer que ésta sea la primera vez que chupás una pija, Paloma. ¡Sos una diosa!
La acomplejada de mi novia lo recompensaba pajeándolo más y más fuerte, y jugando más con su lengua. Entonces, Tito cerró los ojos y se abandonó al placer.
—Me estás tentando, hija de puta…
Paloma se sacó la pija de la boca y habló por primera vez:
—Démela, don Tito. Deme toda la leche que quiero estar linda para mi novio.
Fue demasiado para el morbo de don Tito. La tomó de la cara, de las mejillas, y le inundó la boca con su semen, que mi novia recibió con felicidad total.
—Tragá, Paloma. Tragate toda la lechita. Aprovechalo todo.
Paloma asentía con la cabeza pero sin soltarlo. No quería desperdiciar ni una gotita. Tito se seguía deslechando y se apretaba fuerte toda la verga para escurrirla por dentro y llenarme un poquito más a mi novia.
Para entonces, Wisky y Jean Del estaban ya demasiado calientes, y se abalanzaron juntos hacia mi frágil nena que se aguantaba todo con nobleza, con tal de dejar de ser la flaca escuálida del pueblo. Apenas Tito le largó la última gota, las vergotas de Wisky y Jean Del se le metieron en la delicada boquita de Paloma casi al mismo tiempo.
—Vamos a darle -musitó uno.
Mi novia se sorprendió. El entusiasmo de los dos viejos era tan atropellado que apenas le dejaron decir:
—Esperen, los dos juntos no se puede. ¡No me van a entrar en la boca!
Pero Wisky la tomó de la cabeza y la llevó con fuerza hacia ellos.
—Ah, sí... Vas a poder, chiquita… vas a poder… -y le metió la pija en la boca y se la corrió para un costado. —Abrí bien… Abrí más, putita… -mi novia abrió su boca tan grande como pudo, pero vio que las dos vergas eran enormes y no le iban a entrar. Jean Del acercó su pija gordísima y metió la cabeza en ese breve espacio que quedaba sobre la comisura de los labios. Presionó y logró meter la cabeza de su pijón. Paloma hizo como una arcada.
—Dale, chiquita. Poné ganas… dale que podés. –y presionó más y le metió la mitad de la pija. —Incliná un poco tu cabecita para allá… así… ¿ves? Así entra más… -y seguían metiendo pija, Jean Del parecía un poco fuera de control.
Paloma estaba ahogada de verga, pero cumpliendo con su tratamiento. Los dos viejos también la tenían tomada de sus cabellos, pero más que nada para tenerla de referencia y hamacarse hacia ella coordinados, cogiéndole la boca como en una doble penetración. Primero le entraba más uno, y el otro la retiraba un
poquito, para inmediatamente hacerlo al revés. Paloma tomaba cada una de las vergas venosas con cada una de sus manos, pajeándolos. Estuvieron así un buen rato, entre gemidos, insultos y palabras de aliento.
—Muy bien, mi amor, muy bien ¿Viste que te entraban?
Mi novia asentía con orgullo, quería cumplirles, pero no era una tarea sencilla. Tosió un poquito con las dos vergas en la boca y cuando amagaba retirarlas, por puro reflejo, uno de los dos viejos la frenaba desde la cabeza y no se lo permitían.
—No, no, no, no… -le decían. —Abrí más grande la boca que vos podés…
Y mi novia hacía el esfuerzo. Los dos viejos hijos de puta le usaron la boca un buen rato más, provocándole a Paloma más arcadas y toses.
Uno de ellos le dijo al otro, entre sorprendido y entusiasmado:
—¡Sentí cómo se chocan las pijas dentro de la boca de la pendeja!
Hasta que a uno de ellos le vino. Tuvo como un súbito espasmo, respiró fuerte y bufó. Tomó a mi inocente nena de la cabeza con sus dos manos y le empezó a acabar adentro.
—¡Tomá, puta, tomá! –le gritaba. —¡Tomá la lechita, tomá!
Y el otro viejo, de puro morbo, lo siguió un parpadeo después.
—Uy, sí… -anunció. —Yo también te acabo, nena…
Wisky estaba en medio de su largo desleche y Jean Del comenzó también a bombearle su guascazo a la boca, como una manguera de leche.
El esfuerzo de mi novia por tragar tanto semen fue heroico. Todos conteníamos el aliento para ver si podría. A mí me daba cierta cosita por ella, pobrecita, como una ternura, porque era notorio que estaba comprometida con el momento, o que se tomaba muy en serio todo el asunto a pesar de su inexperiencia total.
Tragaba sin soltar ninguna de las dos pijas, y hasta la mitad de la deslechada de los dos viejos no había desperdiciado ni un chorrito, pero llegó un punto en el que fue inevitable y en una de sus toses de ahogada se le escurrió un poco por la comisura de los labios.
Vi la decepción en su rostro e inmediatamente su vanidad herida, que le redobló la determinación. Abrió no sé cómo su boca más grande y tragó y tragó y tragó más, mientras los viejos le agradecían tanto compromiso para con sus pijas y su desleche.
No pude evitar ir a abrazarla desbordando de orgullo por ella. ¡Esa era mi novia, carajo! La abracé, la besé, y a pesar del sabor de todos los viejos, que me pasó con esos besos mojados de leche, me sentía el novio más orgulloso y afortunado del mundo.
Los viejos descansaron un buen rato y repusieron fuerzas, para pegarse una segunda vuelta de mamadas a cargo del prodigio de mi novia. Los deslechó nuevamente a los cinco y se tragó hasta la última gotita, explotando de euforia con cada acabada que deglutía. En ese momento, les soy sincero, no sabía si el
tratamiento por fin iba a hacer engordar a mi escuálida novia, pero, por lo pronto, ya podía decir con certeza que había sacado lo mejor de ella.

FIN del Capítulo Uno

jueves, 27 de octubre de 2016

La chica sumisa y su marido consentidor (Relato)

Buceando por la red nos hemos encontrado con esta página memorias de un corneador
Es una página en la que lo que más nos han gustado han sido los relatos de cuernos que en ella se incluyen. A continuación os pongo uno de los relatos:



La chica sumisa y su marido consentidor (I)


Tenías dudas. Eso me dijiste. Fantaseabas con ser una sumisa zorra, puta y perra, pero tenías miedo de fracasar, de no poder soportarlo. Me llamó tu marido al teléfono y me dijo que su mujer era sumisa, y que quería emputecerla un poco porque él también era algo sumiso y quería verla emputecida con otro macho. Le dije que sí, pero quería antes hablar con ella. Nos escribimos.

Me contó sus fantasías, la de estar como una perra salida al servicio de los demás para ser usada, manoseada y estar siempre abierta para el uso y disfrute de los demás, porque "mi placer es ver que los demás lo tienen al usarme". Eso me dijiste. No tenías experiencias. Habíais acudido a un club swinger de Murcia, ubicado en la carretera de Santomera que se llama el 7º Cielo, pero no habías hecho nada. Os habías quedado en la barra sin entrar a más. Cuando alguna pareja o chico se os acercaba o la relacione públicas del local os presentaba a alguien, vosotros contestabais amablemente, pero sin mucho interés. Tenías curiosidad y ganas, pero también temor.

Quizás por eso tu marido me llamó a mí. No lo sé, pero tras darme tu correo me escribí contigo y hablamos. Me contaste tus fantasías y quedamos para vernos en un hotel de Murcia. Yo hablé con tu marido y también supe lo que quería. Le iba sentirse cornudo consentido, pero que no lo humillarán ni se lo dijeran. Sólo sentirse. Saber que lo era, pero para sí mismo. Así que dejamos al lado los cuernos, la humillación y lo enfocamos por el lado vainilla de los cuernos. Porque hay muchos hombres que les gusta sentirse cornudo, pero nada más. Sin sumisión, ni humillación. Me dijiste que lo querías así y lo acepté. Me pareció muy sensato. Además erías personas adultas, pero educadas y cultas. Y quedamos en un hotel.

Cuando llegué a la habitación ella estaba a cuatro patas, con la falda levantada y ofreciendo el culo hacia la puerta, de tal forma que lo primero que vi fue su culo con tanga. Un culo protuberante y duro, que le aparecía muy hermoso con el tanga. Tú estabas sentado y te levantaste para saludarme y darme la bienvenida con un apretón de manos. Ya habíamos hablado, sabías los que tenías y querías hacer. Así que levantaste a tu mujer y vi que llevaba una fusta en la boca atrapada entre sus dientes.


Y allí se quedó de rodillas con la fusta en la boca, hasta que le cogiste las tetas por debajo y las levantaste para ofrecérmelas. Me gusto ese detalle porque no estaba previsto. Y luego la fuiste desnudando para mí, quitándole la blusa, el sujetador y dejándola solo con el tanga, el liguero y las medidas con zapatos de alto y fino tacón.
Volviste a cogerle las tetas y a ofrecérmelas.
- Toma, chúpalas que estas tetas de la puta son tuyas. Díselo, cariño, dile a tu Amo que son de él.
- Si Amo, son tuyas para que las chupes, las lamas, las muerdas o les pongas tus anillos -me dijiste tú excitada.

Y luego tu marido te fue quitando el resto de la ropa, te desvestía para que yo pudiera gozarte y usarte a mi antojo y capricho. De eso se trataba. Él mismo te ató las manos a la cama y te dejó allí ofrecida, expuesta y abierta para ser usada por mí. Te miré y vi que gozabas, que te excitaba estar atada, que era lo que deseabas, pero no. Yo no quería ataduras. Quería que te sintieras puta, perra y zorra sin estar atada. Estando libre. Que te ofrecieras siendo libre como eras, de forma voluntaria. Y te desaté, y tú te quedaste allí en la misma postura. De eso se trataba. De que tu entrega fuera libre.
- No me desates, Amo, por favor. Sé que soy libre, pero me excita más estar atada, indefensa.

Así que te volví a atar, me desnudé, me eche sobre la cama a tu lado y te besé, mientras tocaba tus tetas, te sobaba todo el cuerpo, mientras tu marido se arrodillaba junto a la cama y te lamía el coño para excitarte.
- ¿Te gusta que tu marido te lama para que estés más mojada para mi y pueda follarte mejor?
- Si, Amo, pero ya estaba mojada cuando venía hacia aquí en el coche. Ahora estoy superexcitada. Necesito que me folles, por favor.

Todavía no, te dije. Tu marido todavía tenía que lamerte el coño bien lamido para prepararte para mí, para excitarte y que yo pudiera follarte mejor. Y cuando vi por tus gestos, por la pasión de tus besos que te ibas a correr, me levanté, te desaté, me quité la correa, te di la vuelta y te dejé con el culo a la vista.
- Sí, Amo, azota a tu zorra, por favor. Te lo suplico.

Y te azoté el culo sin mucha fuerza pues eras nueva y no quería lastimarte, pero tu me pediste que te diera más fuerte y eso fui haciendo.
- Más fuerte, Amo, no tengas miedo, te lo suplico.


- Gracias -me dijo mientras te cogía los glúteos para abrírtelos para mí y ofrecerte para que te follara.

Y te metí la polla en el coño para follarte como una zorra, como la puta que eras y querías ser. Como una perra salida.
- Fóllame, Amo. No tengas piedad. Quiero notar tu polla hasta en mi útero -me suplicabas, mientras tu marido se puso debajo de ti y comenzó a lamerte el coño que yo me follaba, sin que pudiera evitar que alguna lamida me diera a mi en la polla. No soy homosexual, pero no me importó que él lo hiciera por lo que significa, por el morbo del momento. Así que me corrí cuando vi que tú ya lo había hecho varias veces, porque eres multiorgásmica, como buena puta.

(Continuará)

Texto del blog Sumisa O
Publicado por M. de un macho corneador en 14:00 2 comentarios
Etiquetas: Experiencias de otros blogs


La chica sumisa y su marido consentidor (II)

Mi sorpresa fue cuando tu marido se lanzó hacia tu coño y comenzó a lamerlo para dejarlo bien limpito. Y eso hizo de nuevo cuando te follé de nuevo en el suelo y en el cuarto de baño.
Pero me sorprendió aún más cuando él se quito el cinturón del pantalón y me lo dió.
- Azota a la perra. Creo que es una mala puta y hay que emputecerla aún más.
Y yo cogí la correo y te pregunte si querías que te azotara el culo por ser tan zorra. O mejor dicho, por no haber sido tan puta zorra como nos habías prometido.
- Sí, castígame, por favor, porque no he sido todo lo puta que debo ser, todo lo perra que llevo dentro. Quiero ser más perra y ser más emputecida -me suplicaste.

Y te azoté el culo con mi correa, mientras tu lo sacabas más para ofrecerlo mejor al castigo. Me sorprendí cuando terminé la tanda y tú me pediste más.
- Azótame más, Amo, que no he sido una buena puta y quiero ser emputecida aún más.

Y te di otra tanda, aunque paré de inmediato cuando me suplicaste que te diera otra. Ahí mandaba yo y no te iba a permitir que tú decidieras y mandaras. Estaba cansado y nos quedamos durmiendo abrazados los dos, mientras tu marido bajaba a por el coche. Nos despertó los bocinazos de él que ya estaba aparcado en la acera. Y te dije que te vistieras con la minifalda que ya llevabas, pero que la subieras aún más para enseñar los muslazos. Y bajamos a la calle, subimos al coche y te metí mano y nos morreamos de nuevo, mientras tu marido miraba por el espejo retrovisor.

- Lleva cuida y no mires mucho por el espejo porque podemos tener un accidente -le sugerí.
Pero él no dejaba de mirar como te morreaba, como te tocaba las tetas, los muslos el coño y cómo tú me chupabas la polla.
- Me gusta lamerte los huevos, mi Amo. Me encanta. Me siento más emputecida.

Lo sé, cariño, pero ahora lo vas a ser de verdad. Ya veremos cómo te comportas. Y seguiste chupándome los huevos y la polla, mientras tu marido miraba por el espejo retrovisor y nos llevaba a las afueras, a una zona en la que las putas hacen la carrera, es decir, la carretera, en los aledaños de una gasolinera.

Y cuando llegamos te dije al oído que sacaras el cuerpo por la ventanilla y te ofrecieras al primer tío que te gustara. Gratis. Y tú sacaste medio cuerpo, miraste a los clientes y cuando viste a unos jóvenes que salían de comprar licores de la tienda de la gasolinera, los llamaste y les preguntaste si querían que les chuparas la polla. Gratis, añadiste.

Y no sólo dijeron que sí, sino que fueron detrás del coche hacía una zona más apartada y oscura y allí se pusieron en fila con los pantalones bajando para que tú fueras chupándoles las pollas a todos, mientras tu marido salía del coche y se masturbaba mirando como su mujercita hacía de puta, se la chupaba a uno, se tragaba su semen y cogía la polla del siguiente.

Eran 5 jóvenes salidos y potentes, así que estuviste más de una hora chupándoles la polla uno a uno, aunque a veces cogías a dos a la vez. Mientras tanto yo te pellizcaba los pezones, te hacía daño, eso creía, pero como no parabas de gemir con las pollas en la boca supuse que te gustaba, porque tenías el coño mojado y habías encharcado la tapicería del coche.
Y cuando tu marido se hubo corrido por última vez, me hizo gestos para que nos fuéramos. Y no precisamente porque se hubiera cansado, sino porque había visto venir un coche de policía. Y lo dejamos.
Regresamos a la ciudad y quedamos para otro día, pero esa es otra historia.

Follandome a la caliente de mi nuera de veintitres años Relatos Corneadores



Culiando a la caliente de mi nuera de veintitres años Relatos Corneadores

Seremos francos, ¿que hombre puede rehusar a una mujer cuando se le ofrece? creo que la enorme mayoría aprovechamos en el momento en que una mujer nos da entrada sin importar un mínimo si es casada, soltera, divorciada o bien si es la mujer de un amigo o bien hasta de un familiar y en mi caso deseo contarles sobre la relacion que sostengo con Anita, una de mis nueras que la verdad es bien cachonda y esta sabrosísima, se así como mi hijo German hace como cuatro años mas desde el instante en que la comenzo a llevar a la casa, todos nos dimos cuenta que era una muchachita muy presumida al grado que a mi mujer no le agradaba ni tantito la relacion de ellos, le decia a mi hijo que esa pequeña no era buena, que se vestia como una cualquiera y que terminaria sujetarlo de pendejo con otros hombres, mas los hijos no escuchan consejos, el hizo su voluntad y termino embarazando a la chamaquita y se la llevo a la casa, después de que nació mi nieto se casaron por el civil y hace un par de años se fueron a vivir a unos cuartitos que hicieron en un terrenito que les di.

Nosotros somos de aquí de Tula y si bien ya vivían por su parte, un día el demonio metio la cola y mandaron a mi hijo a trabajar en Tlaxcala, comenzo a irse desde el último día de la semana de noche y retorna los sabados por la tarde, entonces Anita se quedaba toda la semana sola y mi mujer por desconfiada me comenzo a solicitar que le diese sus vueltas a mi nuera para poder ver que no andubiera de cabrona y lo que son las cosas, comence a pasar a verla con el pretexto de ver si precisaba algo, me pasaba 2 o bien 3 horas con ella y platicabamos de cualquier tonteria y no voy a negar que como pasaba a diferentes horas, muy frecuentemente la hallaba en camison o bien en ropa comoda como shortsitos o bien falditas que me dejaban ver sus bellas piernas y en ocasiones se le apreciaban las tangas que emplea y múltiples veces me puse bien cachondo solo de verla, además de que tampoco utiliza brasieres cuando esta en su casa y que rico se le marcan los pezones y puesto que uno como hombre no puede dejar de admirar a una mujer joven y meridianamente cachonda, además de que siempre y en toda circunstancia fui bien cabron con las viejas, mas con Anita solo pensaba en verla puesto que es la mujer de mi hijo y no queria faltarle, mas por pero que me quise soportar, Anita parecia que también queria y un buen día, se pudo a plañir por el hecho de que decia que German andaba con una chavala de Tlaxcala, yo en verdad la queria consolar y excusar a mi hijo por caminar con otra, mas en el momento en que me abrazo y senti sus tetas apretadas contra mi y sentir sus abrazos abrazarme del cuello, ya no aguante y deseé besarla, solo dejo que le diese un beso muy rápido y se quito diciendo que no estaba bien y la solte pensando que la había regado, mas prácticamente entonces entonces se regreso y me volvi a abrazar mientras que me afirmó “no manches Jacinto, eres mi suegro… mas ando bien caliente” y me beso como tenia un buen tiempo que absolutamente nadie lo cara, imaginense como me puse, tiene veintitres años y tengo cuarenta y siete, la verdad las finalizas viejas que me había cogido eran señoras de treinta y cinco cuando muy jovenes y esa chamaca esta bien sabrosa y lo caliente se le nota por donde la veas, la verdad no me puse difícil, la comence a sujetar por todas partes y Anita comenzo a quitarme la camisa para besarme el pecho y las tetillas mientras que me tomaba la verga con una de sus manos, le quite la playera y la deje solo en faldita, cambiamos y le chupe las tetas y Anita gemia de sentir las chupadas que le daba, nos tiramos en cama y nos acabamos de desnudar, se bajo a chupetearme la verga y parecia becerro mamando, me daba unas chupadas como agobiada y me acariciaba los huevos mientras que decia en ocasiones “que rica verga tienes” y puta madre estuve a puntito de venirme como un par de veces, debí quitarla a fin de que dejase de mamarmela y que no viniese y la segunda vez, fue cuando se me monto encima y solita se metio mi verga en su panocha que la tenia bien calientita y bien mojada, se le fue mi verga hasta dentro y comenzo a desplazar las caderas riquísimo mientras que con sus manos me ofrecia sus tetas a fin de que se las chupase, entonces cambiamos sin que le sacara la verga y nos viramos a fin de que quedase arriba de ella y la puse con las patas bien abiertas y entre pero duro se la metia pero chillaba diciendo “Asi Jacinto, metemela duro, metemela hasta el fondo” y la cabrona me sepultaba las uñas en la espalda y eso me excito de a madres y se la empuje hasta el momento en que me vine adentro de ella. Apenas acabe, se levanto a ver a German mi nieto que se había quedado dormido en su cuña que esta en el cuerto de afuera, se regreso al cuarto y acosto al lado de mi y conversamos desnudos por un rato, me pidio que no afirmara nada y era obvio que a ninguno de los 2 nos convenia charlar de eso y se lo afirmé, me afirmó que se sentia sola y que no queria mentir a German mas que el andaba con otra y que le dio mucho coraje pues se tenia que quedar sola con el pequeño y que el sabia que era muy cachonda y que mientras que el se andaba cogiendo a la tía, se tenia que quedar cachonda toda la semana, me afirmó que se justificaba con lo que hicimos, mas que según desde el momento en que me conocio le pareci un hombre atrayente y también interesante, mas la verdad eso no se lo crei pues creo que soy como cualquiera de mi edad, mas en resumen. No voy a negar que me senti mal por mi hijo por múltiples días, mas cuando regreso hable con el sobre si la engañaba y me afirmó que si, mas que la chava con la que andaba le agradaba mucho y que las cosas se dieron, le recomiende no dejar a su mujer pues sea como fuere, es la madre de su hijo, que si andaba de cabron que lo entendia como hombre, mas que no la hiciese padecer y que fuera prudente, mas esa semana cuando se fue, de nuevo visite a Anita, apenas me vio y me abrazo si bien sin besarme pues estaba mi nieto despierto, digo, apenas tenia un par de años mas creo que ninguno de los 2 queria que se diese cuenta de lo que pasaba, incluso así, cuando se dormia nos encerrabamos a coger en el cuarto y que rico coge Anita, es un manjar de mujer, chupa la verga exquisito, se traga mis mecos, le agrada coger por adelante y por atras, le agrada que me acueste y me chupa todo el cuerpo desde la boca, el cuello, el pecho, el estomago, la verga, los huevos, las piernas, los pies y hasta el trasero le agrada chupetearme, sin dudar les digo que es la mujer pero caliente que me he cogido y en el momento en que me toca a mi, le chifla ponerse en 4 y que le chupe el trasero y le meta la lengua en el ano ya antes de meterle la verga y tratamos de que no se entere absolutamente nadie, mas una vez mi hija pero chavala prácticamente nos captura por el hecho de que mi esposa la mando a procurarme y otra vez llegue un viernes a verla y German había llegado ya antes, me senti inquieto, mas no sospecho nada pues mi esposa le había dicho que le daba unas vueltas a su mujer para asistirla y ver que no andubiera de cusca, mas curiosamente tanto mi esposa como mi hijo nos pusieron todo peladito y en la boca. No escribo esto a fin de que afirmen “pinche viejo culero”, mas si lo afirman me vale madres, lo cierto es que queria compartir que en el momento en que una mujer se siente sola, si bien sea con viejos como suelta las nalgas y le vale madres como en nuestro caso, que sea su suegro, así como uno como hombre afirma “vieja es vieja”, afirman “macho es macho” así que no se sientan insultados, si bien tengo pero de un año de cogerme a mi nuera, la verdad se que es la vieja de mi hijo y mientras que no se sepa y desee, la pienso continuar consolando.